sábado, 13 de agosto de 2011

La teoría del bricolaje

Odio el bricolaje, lo odio profundamente. Cuando era pequeño y en el colegio teníamos que hacer trabajos manuales también lo odiaba. Tengo el talento artístico de un trozo de basalto y la verdad es que no sé cómo podía ser mejor persona por hacer una taza de arcilla bastante penosa o ser capaz de montar la torre Eiffel con palillos de dientes. Mi padre es todo lo contrario, tiene una habilidad excepcional y una paciencia infinita (lo cual me permitió no suspender ésas asignaturas) y espero que mi hijo la haya heredado.

Pero no quiero dedicar esta entrada a mis traumas de la escuela, el hecho es que el otro día leyendo comentarios en una red social ví que cuando un chico sube una foto de un trabajo de bricolaje muchas chicas contestan a la misma de forma positiva, lo cual me recordó un comentario de una amiga de hace algunos años que decía algo así como:

"... y si además es un manitas ya sería el hombre perfecto."

Supongo que en algún momento de nuestra evolución el ser un manitas era una verdadera ventaja. Estar emparejado con alguien capaz de construir una cabañay repararla tendría que ser un gustazo, pero es curioso como sigue siendo un rasgo atractivo cuando vivimos en bloques de pisos que no podría construir un hombre solo y cuando necesitamos un mueble vamos y lo compramos en IKEA (no lo de IKEA no es bricolaje).

Desarrollando este tema me pregunto si dentro de unos años será atractivo un hombre que actualiza correctamente su perfil en las redes sociales, o al que se le da bien el HTML, ¿quién sabe? ¿Sobrevivirán finalmente estos a los brico-genes? ¿Tendrán en el futuro más posibilidades de reproducción los twitteros que los que no lo son? Que pena no disponer de una máquina del tiempo.

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